Jorge Magano es licenciado en Historia del Arte y aficionado a la mitología, las religiones y las culturas antiguas. Amante de lo bello y lo polvoriento. Otras pasiones suyas son el cine, la lectura y la radio, disciplinas que ha combinado ante los micrófonos de emisoras como Radio Utopía, M80 Radio, RNE o Radiocine.

En 1997 se le apareció en sueños Jaime Azcárate, el protagonista de La Isis dorada, que lo abordó con las siguientes palabras: “No me cuentes tu vida; cuenta la mía”. Y en eso anda. Desde entonces ha publicado varias novelas entre las que destacan Museum (ganadora del Speed Dating organizado por Amazon Kindle en Sant Jordi 2013) y La mirada de piedra (ganadora del Primer Concurso para Autores Indies organizado por Amazon Kindle y El Mundo).

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En realidad Jaime Azcárate es el alter ego de Magano, el mismo lo ha dicho:

Se podría decir que en cierto modo sí. Los dos tenemos más o menos la misma edad, somos historiadores del arte, nos ganamos la vida escribiendo, nos apasionan los viajes, la aventura y los tesoros del pasado, la música de cine y muchas cosas más. Pero él está más loco, es más pendenciero y temerario, y no ha superado su alergia a los gatos, cosa que yo sí.

Actualmente Jorge Magano prepara una nueva novela, el guión de un largometraje y otros cientos de proyectos que irán viendo la luz a lo largo del siglo XXI.

Es también tutor de Escritura Creativa en el taller on line dirigido por Carmen Posadas: yoquieroescribir.com

He aquí las cinco lecciones de escritura de Jorge Magano:

1. Buscar oro entre la basura

Construir una novela es una tarea titánica, pero si la reducimos a su esencia básica todo consiste en escribir una palabras detrás de otra. Tener una buena idea es fundamental. Desarrollarla y dedicar tiempo a planificar la trama, también. Pero en la mayoría de los casos (en el mío, al menos) los grandes hallazgos se llevan a cabo durante el proceso de escritura.

En mis sesiones diarias (unas mil quinientas palabras, a veces dos mil, nunca menos de mil) siempre parto de un esquema previo, pero más allá de este, todo está por descubrir. Por eso escribo sin saber a ciencia cierta qué va a ocurrir en esa escena o en ese capítulo. Eso no significa que escriba a ciegas. El esquema es importante; me da confianza para saber que no me voy a quedar en blanco, pero las grandes ideas surgen escribiendo, o después de haber escrito, al reflexionar sobre ello. Pocas veces antes. Por eso es bueno escribir por encima de todo. Que en el proceso se generará una gran cantidad de malas ideas es un hecho. Pero también aparecerá alguna buena que nos ayudará a encauzar la trama o llevarla en una dirección que no esperábamos y que puede ser mejor que la que teníamos planificada. Hay que producir basura para encontrar oro en ella. Más tarde pasaremos el aspirador para eliminar el polvo y quedarnos sólo con las pepitas.

Mostrar, no contar. Esa es la clave.

Mostrar, no contar. Esa es la clave.

2. Mostrar al personaje en acción

No hay nada más aburrido que empezar una historia contando la vida de un personaje del que no sabemos nada. Parece una paradoja, pero no lo es. El lector se interesará mucho más por los pormenores de la vida de alguien si ya ha tenido un primer contacto con ese alguien. Si nosotros nos sentamos en la parada del autobús y nos encontramos a un individuo que nos suelta: «Mi madre dice que la vida es como una caja de bombones: nunca se sabe lo que te va a tocar», ese tipo ya nos ha metido la intriga en el cuerpo. Queremos saber quién es realmente y por qué dice esas cosas tan raras. Ya estamos preparados para tragarnos tres horas de película de su vida.

La primera aparición de mi personaje Jaime Azcárate tiene lugar en el sótano oscuro y húmedo de una biblioteca, buscando unos libros y maldiciendo su suerte. Más tarde nos enteramos de que trabaja allí de becario después de haber sido despedido de una productora de televisión, y del resto de su pasado. Pero contar sus antecedentes en el primer párrafo es menos potente que presentarlo en acción y hacer que el lector se plantee preguntas que serán respondidas más adelante: ¿quién es este tipo? ¿Por qué está ahí? ¿Por qué se queja tanto? ¿Qué hacía antes? ¿Qué quiere hacer a partir de ahora? Mostrar, no contar. Esa es la clave.

3. Huir del cliché como de la peste

Normalmente escribimos en modo automático, rescatando de nuestra memoria palabras y frases que conocemos, y tomando como referencia imágenes o diálogos que hemos visto, leído u oído en alguna ocasión. Es frecuente, sobre todo en el primer borrador, emplear fórmulas manidas en las descripciones, las acciones y sobre todo en las frases que dicen los personajes. Si nuestro héroe «sonríe de lado» y suena igual que los héroes de las películas; si la frase final que pronuncia el villano «mientras frunce el ceño» la hemos oído veinte mil veces;  si el encuentro erótico entre los protagonistas está repleto de «pechos turgentes», «movimientos sinuosos» y «oleadas de placer»… algo estamos haciendo mal. Al lector también le sonará a ya leído y desconectará de la historia. Por eso debemos desterrar el cliché de nuestro universo creador. Siempre hay un modo más original de hacer las cosas. Nuestra misión es buscarlo.

 

Un personaje describiéndose ante el espejo es un cliché como una catedral

Un personaje describiéndose ante el espejo es un cliché como una catedral

TRES RAZONES PARA NO DESCRIBIR A SU PERSONAJE FRENTE AL ESPEJO

  1. Va a lograr que su personaje parezca obsesionado consigo mismo. ¿Cuántos de nosotros al  levantarse por la mañana se mira en el espejo y toma nota de nuestro cabello y color de los ojos?
  2. Francamente, este tipo de descripción es aburrido. La mayoría de los lectores simplemente no les importa que su protagonista tiene piel de marfil, grandes ojos azules y abundante cabello negro y sedoso. Los lectores van a apreciar algunos detalles físicos, pero lo que realmente importa es la personalidad del personaje.
  3. Es artificial . Para cualquier lector medianamente inteligente  va a resultar bastante obvio que la única razón por la que el personaje se está mirando en el espejo y se describe a sí mismo es para que usted , el autor, tenga una excusa para colocar esa descripción fuera de lugar.

4. Mostrar al protagonista desde los ojos de otro personaje.

Esto no es una regla fija, pero sí un posibilidad muy interesante que se debe tener en cuenta, y que sirve tanto para presentar al personaje al principio como para describirlo en unas circunstancias concretas. Podemos hacerlo desde el punto de vista del narrador, lo que nos dará una perspectiva objetiva; o podemos mostrarlo desde el punto de vista de otra persona.

Volviendo a mi personaje Jaime Azcárate, en la primera novela, LA ISIS DORADA, lo presentaba (tras haberlo mostrado en acción, (ver punto 3) mirándose en un espejo nada más salir de la ducha. Él mismo se analizaba y veía que era delgado, moreno, con alguna arruga bajo los ojos, etc., y de ahí se pasaba al retrato psicológico y a describir las circunstancias de su vida. Sí, ya sé que he dicho que hay que huir del cliché, y que un personaje describiéndose ante el espejo es un cliché como una catedral, pero por aquel entonces no lo sabía tan bien.

Un personaje describiéndose ante el espejo es un cliché como una catedral Clic para tuitearEn la cuarta entrega, que aún estoy escribiendo, he optado por presentarlo a través de los ojos de una dependienta de IKEA que lo ve paseando por la tienda con movimientos nerviosos. Además de más original, esta elección permite al personaje observador, no sólo describir lo que ve, sino deducir lo que no sabe a través de detalles concretos: si está casado, cuál es su profesión, por qué está tan nervioso, cómo sonará su voz, cómo será en las distancias cortas, etc. Es un modo de integrar al lector en el descubrimiento o redescubrimiento del personaje ante los ojos de alguien diferente.

Contar una historia consiste en implicar emocionalmente al lector, y para ello debe sentirse identificado con los personajes.

Contar una historia consiste en implicar emocionalmente al lector, y para ello debe sentirse identificado con los personajes.

5. El primer plano, mejor que el plano general.

Contar una historia consiste en implicar emocionalmente al lector, y para ello debe sentirse identificado con los personajes. Por eso es conveniente estar cerca de estos en todo momento. Si contamos una batalla, es inevitable montar la cámara en un helicóptero para que, de vez en cuando, nos proporcione un plano de situación o una vista de conjunto. Pero todo funcionará mejor si nos centramos en describir los pequeños dramas que constituyen el conjunto: el combate cuerpo a cuerpo entre dos guerreros; el moribundo que deja mujer e hijos; el valiente soldado que intenta en el último momento una acción desesperada que puede marcar la diferencia entre la derrota y la victoria… Esto no es sólo aplicable al género bélico, sino a todos. El amante defraudado, la trabajadora despedida, el adolescente asustado, el asesino, la víctima, el policía, el paciente, el cirujano… Si adoptamos el punto de vista de un personaje a la hora de enfrentarnos a un capítulo será más fácil atrapar emocionalmente al lector que si le contamos la historia desde fuera. No confundir esto con usar la primera persona. Se puede narrar algo perfectamente desde el punto de vista de un personaje empleando la tercera persona. Basta con conocerlo y comprenderlo como si estuviéramos pegados a su piel.